Hay una verdad ultra incómoda que muchos no quieren aceptar y que a mí me ha costado años decir sin pena y sin explicación: a mis cincuenta yo ya no quiero/necesito novio. No es por amargura ni por traumas ni por esa teoría absurda de que a cierta edad nos volvemos difíciles. No. Es porque yo ya entendí la vida con una claridad inmisericorde. Ya vi suficiente. Ya pagué lo que costaba aprender. Ya me rompí y me reconstruí las veces necesarias. Y entre todas esas lecciones contundentes descubrí que eso que el mundo romantiza como tener pareja casi nunca vale el desgaste, el ruido, la concesión ni el eterno acto administrativo de estar explicando lo que debería ser evidente.
A mis cincuenta ya no me engaño con cuentos de hadas, ni con hombres que creen que vienen a salvarme, completarme o elevarme. Eso se lo dejo a las de veinte y a las de treinta que todavía creen que el romance funciona como terapia de grupo. Yo ya me salvo sola, me completo sola y me elevo sola. Y si aparece un hombre que pretende adjudicarse el mérito de mi equilibrio lo miro como se mira una silla coja: quizá sirve para algo pero demasiado riesgosa para apoyarme de verdad. Como dice Adriana Gallardo: el que no suma … resta ! Y el que resta … apesta!
Tampoco quiero novio porque la paz se me volvió un tesoro privado que protejo con uñas impecables, dientes grandes y criterio definido por décadas. Cuando tenía treinta negociaba mi tranquilidad emocional por un beso intenso, una aventura prometedora o una relación con potencial. Pero la vida enseña a golpes que la paz es más valiosa que los fuegos artificiales. Y un novio, por más encantador que parezca al inicio, porque escoba nueva barre bien, puede convertirse en un huracán que arrasa con lo que tanto costó construir. A los cincuenta no arriesgo mi estabilidad por un capricho emocional ni por un hombre que no sabe si quiere, puede o merece. Tanto análisis les da parálisis … es así !
También descubrí que la independencia es un placer sofisticado. A esta edad sé lo que quiero comer, dónde quiero viajar, cuánto quiero gastar y con quién quiero compartir mis silencios. Tener novio significa coordinar agendas, explicar decisiones, ajustar planes y considerar que la otra persona también existe con toda su carga emocional, sus inseguridades y sus expectativas. Y sinceramente yo ya administré suficientes seres humanos como para agregar otra carpeta de trabajo romántico a mi lista.
Pero lo que más pesa es que a esta edad yo ya no tolero estupideces. No tengo paciencia para celos, manipulaciones emocionales, juegos infantiles ni hombres que se ofenden si no contesto a los dos minutos. Tampoco tolero explicaciones innecesarias, inseguridades disfrazadas de control, promesas vacías ni demostraciones de afecto cargadas de condiciones. Por eso prefiero la claridad sobre el caos y la honestidad sobre el teatro. Ya no estoy para educar, corregir ni rescatar a nadie.
Y sí, mi filtro ya es microscópico. Yo no acepto cualquier cosa con tal de no estar sola. La soledad dejó de ser amenaza para convertirse en privilegio. Tengo vida, amistades, proyectos, carrera, dinero propio, gustos definidos y el enorme placer de no necesitar permiso para existir, para ser YO. Así que si un hombre quiere entrar en mi vida tiene que venir con un nivel de calidad emocional que casi nadie trae de fábrica. Si no lo trae simplemente no pasa.
También cambió mi manera de entender el amor. Ya no busco pareja solo por tener a alguien allí. Busco compañía que no estorbe. No quiero mariposas en el estómago, quiero coherencia a mi lado. No quiero adrenalina, quiero lealtad. No quiero conquistas de cartón, quiero presencia real. El problema es que muchos hombres siguen creyendo que pueden impresionar a una mujer de mi edad con tácticas de adolescencia tardía. Y yo ya vi todo. Nada me sorprende. Todo me aburre si no está sostenido por autenticidad. Y ser auténtico requiere una identidad que muchos nunca han construido. Ni construirán!
Mi relación con el tiempo también cambió. Mi tiempo es sagrado. Sé lo que vale una tarde en paz. Sé lo caro que es interrumpir un proyecto por atender una crisis emocional ajena. Sé el costo energético de regalar atención a quien no la merece. Y como ya no me sobra vida para desperdiciarla elijo con bisturí… kosher!
Antes daba oportunidades por educación. Ahora no. La oportunidad la tienen solo quienes representan un beneficio real y no un desgaste disfrazado de cariño o atracción.
No voy a negar algo que a muchos les incomoda. Disfruto profundamente mi libertad. Me gusta dormir sola cuando quiero. Me gusta tener mi espacio sin invasiones. Me gusta decidir sin consultar. Me gusta que mi vida dependa de mí. Y un novio aunque sea maravilloso inevitablemente implica una cesión de autonomía. No es malo. Es la lógica del vínculo. Pero yo ya no estoy dispuesta a pagar ese precio si no hay un retorno enorme que lo justifique.
La verdad es simple. A mis cincuenta yo ya entendí que mi plenitud no depende de absolutamente nadie. Un novio dejó de ser necesidad para convertirse en opción. Y solo es opción si dignifica, acompaña, respeta y aporta. Si no es así no vale mi tiempo ni mi espacio.
En este sentido amig@s, yo ya no quiero novio porque ya me quiero a mí sin descuentos. Y quien no iguale mi calidad emocional simplemente no entra, porque no cabe!
Just saying…
https://www.instagram.com/karypher/